La mamá de María terminó de leerle su cuento favorito. Era un cuento lleno de aventuras: una princesa prisionera en su propio castillo, un príncipe que se enfrentaba a todos los peligros del mundo por salvarla, una bruja que se encargaba de ponerle las cosas aún más difíciles... A María le encantaba, sobretodo, porque al final todos eran felices y los malos se llevaban su merecido.
Como cada noche, su mamá le dio las buenas noches, guardó el cuento en la estantería y dejó la puerta un poco abierta al salir. María fue quedándose dormida. En el silencio que envolvía su habitación pudo distinguir unos susurros: -Esto se acabó, no pienso volver a pelear con Boer nunca más.
¿Estaría soñando ya?
El príncipe Esteban fue corriendo a su camerino, se quitó el traje de ceremonias, salió al aparcamiento y montó en su dragón. Boer no sólo le llevaba donde él quisiera; también era su amigo. Era el mejor dragón del mundo.
- Date prisa Boer, o llegaré tarde a mi cita con Luisa.
Esteban había tenido tantas veces las mismas aventuras, noche tras noche, que acabó perdiendo el interés por luchar con el dragón que protegía el castillo de su princesa. Boer ya estaba muy viejo y cansado, y un día le propuso a Esteban que si él le atacaba más despacito, fingiría ser derrotado y todos tan contentos. Desde aquel día, Boer y Esteban fueron amigos inseparables.
El príncipe también perdió el interés por la princesa. Ni si quiera la conocía, ¿por qué iba a remover cielo y tierra para rescatarla si no sabía cómo era, ni qué le gustaba hacer? A quien realmente conocía era a Luisa. Era la bruja más simpática que había conocido nunca. Cuando tenían oportunidad de hablar sin que nadie les oyera, se contaban sus problemas y se divertían juntos. Esteban lleva un tiempo pensando si pedirle matrimonio...
-¡Yuju! ¡Esteban!
La princesa Claudia saludó a su príncipe desde la ventana de su torre. Seguro que estaba peleándose por ella con aquel terrible dragón. Y ella ya estaba deseando que alguien leyera de nuevo el cuento para que Esteban la rescatara. Sólo entonces tendría unas páginas de libertad.
La princesa se metió en su cama con sábanas de raso después de peinar su larga melena frente al espejo. Pero esa noche no conseguía dormir. La imágen de Esteban sobre aquel dragón no se iba de su cabeza. ¿Qué haría hasta que volviera a rescatarla? Y mientras, ella seguiría allí, cantando con los pájaros por la mañana y cepillando su cabello de oro por la noche.
Hasta donde alcanza su memoria, todos los días de su vida habían sido así. Y hasta ahora, nunca le había importado demasiado. Pero de pronto, Claudia se sintió muy triste. No le parecía justo que ella tuviera que volver a la torre del castillo cada vez que alguien terminara de leer el cuento y lo guardara bien cerradito para que nadie se escapara de él.
Por una vez, le gustaría ser ella quien tuviera que luchar contra todo para rescatar a Esteban. Conocer gente, correr, bañarse en el río... Pensando en todo ello, una lágrima resbaló por su mejilla. Y sin poderlo evitar, comenzó a llorar desconsolada.
María se despertó sobresaltada. Sólo por si acaso, se levantó, cogió el cuento de la estantería y lo dejó abierto sobre la mesa. Volvió a su cama, y cuando sus ojos comenzaron a cerrarse, oyó un lejano: ¡Gracias!
martes, 2 de diciembre de 2008
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1 comentario:
Te dije ke hoy lo leia. Muy bonico. Me ha gustado, no se como se te ocurren esas cosas... Yo soy un carnuz para eso.
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