- No me puedo creer que te haya dicho eso. Menudo fantasma.
- ¿Cómo se va a creer la gente algo así?
Ese ha sido mi primer contacto social de hoy. Escuchar la conversación de dos adolescentes en el autobús. No tengo la menor idea de qué estaban hablando, pero pensé que tenían razón; ¿quién iba a creer algo así? Decidí aislarme del mundo y me puse mis cascos. Necesitaba desconectar, no había pegado ojo en toda la noche.
Un hombre se sentó a mi lado y comenzó a hojear un periódico. Normalmente no me fijo en lo que leen los demás, pero quizá así pudiera olvidarme un poco de todo lo que rondaba mi cabeza; después de todo, conocer lo que pasa en el mundo nunca viene mal. Ojalá no lo hubiera hecho. El titular de aquella noticia se clavó en mi memoria y no he podido dejar de pensar en ello en todo el día. ¿Sería ella? Tenía que serlo, no había otra opción.
Bajé del autobús algo mareada y caminé hasta el trabajo. Como todos los días, saludé al portero del edificio, subí a mi oficina y me puse a ordenar la montaña de papeles que había encima de la mesa. Uno de mis compañeros pasó delante de mí, y al ver mi cara más pálida que de costumbre, bromeó:
- Vaya, parece que te ha afectado la película que vimos el otro día. No sabía que el cine de terror te diera tanto miedo.
Sonreí débilmente, me disculpé y corrí hacia el baño. Tenía que vomitar. No me podía creer que por mi sugestión hubiese cometido un error tan terrible. Cerré los ojos sentada en el suelo del lavabo y las imágenes de la noche anterior volvieron a mi cabeza.
Me iba a bajar del autobús, como cada noche, en la última parada. Casi siempre voy sola, hace poco me mudé a una zona alejada del centro de la ciudad. Pero ayer una niña de unos diez años me sonreía mientras esperaba que se abriera la puerta.
Su pelo era negro, y lo llevaba recogido en dos largas trenzas. Al sonreírme resaltaban las pecas de sus mejillas, y sus enormes ojos negros parecían brillar con luz propia. Le devolví la sonrisa y bajé del autobús, caminando hacia mi casa. La calle estaba vacía y prácticamente a oscuras; sólo me acompañaba la música de mi walkman. Por desgracia, las pilas decidieron que esa noche volvería aún más sola a casa, y todo quedó en completo silencio. Todo salvo unos pasos a mi espalda: Miré haia atrás, y la niña estaba ahí, sonriéndome.
Sólo era una niña, una niña sonriente. Pero recordé la película que había visto aquel fin de semana, y un miedo repentino hizo que me estremeciera. Si no hubiera echado a correr en aquel momento, no hubiese leído la noticia de aquella mañana. Pero mis piernas iban más rápido que mi mente, y llegué hasta mi casa sin volver a mirar atrás.
Me desperté en el lavabo de señoras al oír a dos compañeras:
- Pues fíjate. Sólo tenía diez años. Pobre niña.
- ¿Y nadie la había visto?
- Nadie. De madrugada, un basurero se la ha encontrado mientras volcaba un contenedor en el camión. Algo cayó fuera, el hombre bajó a ver qué era y encontró el cuerpo sin vida de la pequeña. Había muerto de frío. Sus padres ha´bían denunciado la desaparición ayer por la mañana.
Me encontraba fatal. La cabeza me daba vueltas y un nudo en la garganta me impedía respirar. Yo sí la vi. Y si no hubiese huído de ella, si la hubiese ayudado, ahora no estaría muerta.
Pasaron las horas en la oficina hasta las ocho. Ni si quiera paré a comer. No quería dejar de trabajar ni un momento, pero ya estaban saliendo los últimos trabajadores, y el portero dijo que cerraría en cinco minutos.
Subí al autobús y me puse los cascos. Intenté no pensar en la niña por el camino, sin éxito. Me había dejado llevar por el tópico de la "niña misteriosa" de las películas de terror, y ahora la realidad era mucho peor de lo que hubiera imaginado. Pensando en mi error, llegué a la última parada. Y allí estaba ella. Las negras trenzas cayendo sobre sus hombros, los ojos enormes y brillantes mirándome. Pero hoy no sonreía.
Tuve deseos de gritar, pero intenté convencerme de que sólo era mi imaginación, que me estaba jugando una mala pasada. Caminé hacia casa y llegué al portal sin mirar atrás. Una canción de los Rolling hizo que me relajara un poco. Por un momento había olvidado la cara de la niña, y sin darme cuenta, me giré.
No era posible. La niña estaba allí de pie, a escasos metros de mí, mirándome muy seria. ¿Acaso lo que me infundó el miedo el día anterior se estaba cumpliendo ahora? ¿Quería vengarse por haberla dejado morir? Busqué rápidamente en mi bolso, pero el miedo me paralizaba. Mientras la veía acercarse, las llaves se me cayeron al suelo. Me agaché a recogerlas, y al levantar la vista, la pequeña estaba tan cerca de mí que incluso podía sentirla. Un escalofrío recorrió mi espalda, y en un segundo, lo entendí.
viernes, 5 de diciembre de 2008
martes, 2 de diciembre de 2008
EL CUENTO DE MARÍA
La mamá de María terminó de leerle su cuento favorito. Era un cuento lleno de aventuras: una princesa prisionera en su propio castillo, un príncipe que se enfrentaba a todos los peligros del mundo por salvarla, una bruja que se encargaba de ponerle las cosas aún más difíciles... A María le encantaba, sobretodo, porque al final todos eran felices y los malos se llevaban su merecido.
Como cada noche, su mamá le dio las buenas noches, guardó el cuento en la estantería y dejó la puerta un poco abierta al salir. María fue quedándose dormida. En el silencio que envolvía su habitación pudo distinguir unos susurros: -Esto se acabó, no pienso volver a pelear con Boer nunca más.
¿Estaría soñando ya?
El príncipe Esteban fue corriendo a su camerino, se quitó el traje de ceremonias, salió al aparcamiento y montó en su dragón. Boer no sólo le llevaba donde él quisiera; también era su amigo. Era el mejor dragón del mundo.
- Date prisa Boer, o llegaré tarde a mi cita con Luisa.
Esteban había tenido tantas veces las mismas aventuras, noche tras noche, que acabó perdiendo el interés por luchar con el dragón que protegía el castillo de su princesa. Boer ya estaba muy viejo y cansado, y un día le propuso a Esteban que si él le atacaba más despacito, fingiría ser derrotado y todos tan contentos. Desde aquel día, Boer y Esteban fueron amigos inseparables.
El príncipe también perdió el interés por la princesa. Ni si quiera la conocía, ¿por qué iba a remover cielo y tierra para rescatarla si no sabía cómo era, ni qué le gustaba hacer? A quien realmente conocía era a Luisa. Era la bruja más simpática que había conocido nunca. Cuando tenían oportunidad de hablar sin que nadie les oyera, se contaban sus problemas y se divertían juntos. Esteban lleva un tiempo pensando si pedirle matrimonio...
-¡Yuju! ¡Esteban!
La princesa Claudia saludó a su príncipe desde la ventana de su torre. Seguro que estaba peleándose por ella con aquel terrible dragón. Y ella ya estaba deseando que alguien leyera de nuevo el cuento para que Esteban la rescatara. Sólo entonces tendría unas páginas de libertad.
La princesa se metió en su cama con sábanas de raso después de peinar su larga melena frente al espejo. Pero esa noche no conseguía dormir. La imágen de Esteban sobre aquel dragón no se iba de su cabeza. ¿Qué haría hasta que volviera a rescatarla? Y mientras, ella seguiría allí, cantando con los pájaros por la mañana y cepillando su cabello de oro por la noche.
Hasta donde alcanza su memoria, todos los días de su vida habían sido así. Y hasta ahora, nunca le había importado demasiado. Pero de pronto, Claudia se sintió muy triste. No le parecía justo que ella tuviera que volver a la torre del castillo cada vez que alguien terminara de leer el cuento y lo guardara bien cerradito para que nadie se escapara de él.
Por una vez, le gustaría ser ella quien tuviera que luchar contra todo para rescatar a Esteban. Conocer gente, correr, bañarse en el río... Pensando en todo ello, una lágrima resbaló por su mejilla. Y sin poderlo evitar, comenzó a llorar desconsolada.
María se despertó sobresaltada. Sólo por si acaso, se levantó, cogió el cuento de la estantería y lo dejó abierto sobre la mesa. Volvió a su cama, y cuando sus ojos comenzaron a cerrarse, oyó un lejano: ¡Gracias!
Como cada noche, su mamá le dio las buenas noches, guardó el cuento en la estantería y dejó la puerta un poco abierta al salir. María fue quedándose dormida. En el silencio que envolvía su habitación pudo distinguir unos susurros: -Esto se acabó, no pienso volver a pelear con Boer nunca más.
¿Estaría soñando ya?
El príncipe Esteban fue corriendo a su camerino, se quitó el traje de ceremonias, salió al aparcamiento y montó en su dragón. Boer no sólo le llevaba donde él quisiera; también era su amigo. Era el mejor dragón del mundo.
- Date prisa Boer, o llegaré tarde a mi cita con Luisa.
Esteban había tenido tantas veces las mismas aventuras, noche tras noche, que acabó perdiendo el interés por luchar con el dragón que protegía el castillo de su princesa. Boer ya estaba muy viejo y cansado, y un día le propuso a Esteban que si él le atacaba más despacito, fingiría ser derrotado y todos tan contentos. Desde aquel día, Boer y Esteban fueron amigos inseparables.
El príncipe también perdió el interés por la princesa. Ni si quiera la conocía, ¿por qué iba a remover cielo y tierra para rescatarla si no sabía cómo era, ni qué le gustaba hacer? A quien realmente conocía era a Luisa. Era la bruja más simpática que había conocido nunca. Cuando tenían oportunidad de hablar sin que nadie les oyera, se contaban sus problemas y se divertían juntos. Esteban lleva un tiempo pensando si pedirle matrimonio...
-¡Yuju! ¡Esteban!
La princesa Claudia saludó a su príncipe desde la ventana de su torre. Seguro que estaba peleándose por ella con aquel terrible dragón. Y ella ya estaba deseando que alguien leyera de nuevo el cuento para que Esteban la rescatara. Sólo entonces tendría unas páginas de libertad.
La princesa se metió en su cama con sábanas de raso después de peinar su larga melena frente al espejo. Pero esa noche no conseguía dormir. La imágen de Esteban sobre aquel dragón no se iba de su cabeza. ¿Qué haría hasta que volviera a rescatarla? Y mientras, ella seguiría allí, cantando con los pájaros por la mañana y cepillando su cabello de oro por la noche.
Hasta donde alcanza su memoria, todos los días de su vida habían sido así. Y hasta ahora, nunca le había importado demasiado. Pero de pronto, Claudia se sintió muy triste. No le parecía justo que ella tuviera que volver a la torre del castillo cada vez que alguien terminara de leer el cuento y lo guardara bien cerradito para que nadie se escapara de él.
Por una vez, le gustaría ser ella quien tuviera que luchar contra todo para rescatar a Esteban. Conocer gente, correr, bañarse en el río... Pensando en todo ello, una lágrima resbaló por su mejilla. Y sin poderlo evitar, comenzó a llorar desconsolada.
María se despertó sobresaltada. Sólo por si acaso, se levantó, cogió el cuento de la estantería y lo dejó abierto sobre la mesa. Volvió a su cama, y cuando sus ojos comenzaron a cerrarse, oyó un lejano: ¡Gracias!
lunes, 1 de diciembre de 2008
[Sin nombre, 2ª parte]
"Nos encontramos en el lugar del trágico suceso ocurrido hace apenas dos horas en... -Carlos levantó levemente la vista, no demasiado interesado en la noticia. Ya sabía suficiente. -...donde esta misma tarde un profesor de la facultad ha fallecido tras arrojarse al vacío por una ventana del segundo piso. Aún se desconocen los motivos del supuesto suicidio, ya que compañeros y alumnos no han sabido aportarnos ningunainformación relevante. A mi lado tengo a una de las alumnas que ha sido testigo. ¿Qué nos puede decir acerca de lo sucedido?"
Carlos apagó el televisor. No quería oír nada más. Sabía que lo que había ocurrido era grave, pero también sabía que algo extraño se ocultaba en todo eso, y no dejaba de pensarlo. Decidió despejar su aturullada cabeza dándose una ducha fría. Mañana llamaría a su compañera de clase. Si alguien estaba tan confundido como él, esa era Ruth. Mientras el agua caía sobre su cabeza intentando refrescar las ideas desordenadas de su mente, trató de analizar lo sucedido aquella tarde.
Aquel día, el profesor llegó tarde a su clase. Durante cinco minutos que parecieron una hora, intentó disculparse alegando que se había entretenido en su clase anterior. Pero lo cierto era que Ruth y Carlos le habían visto antes de la hota bajando las escaleras con un hombre al que no habían visto nunca.
El hombre que acompañaba al profesor era algo llamativo. Parecía querer camuflarse en un traje demasiado negro como para pasar desaperdibido. Lo que más llamaba la atención eran sus ojos. Ruth no se había fijado porque estaba demasiado ocupada contandole a Carlos sus problemas, pero él lo vio enseguida: sus ojos eran incluso más negros que el traje que llevaba; no se diferenciaba la pupila del iris.
En aquel momento no dio importancia al "hombre de negro" ni al hecho de que pareciera que mantenía una conversación muy importante con el profesor. Ahora empezó a pensar si tendría algo que ver... o si se estaba volviendo loco.
Carlos apagó el televisor. No quería oír nada más. Sabía que lo que había ocurrido era grave, pero también sabía que algo extraño se ocultaba en todo eso, y no dejaba de pensarlo. Decidió despejar su aturullada cabeza dándose una ducha fría. Mañana llamaría a su compañera de clase. Si alguien estaba tan confundido como él, esa era Ruth. Mientras el agua caía sobre su cabeza intentando refrescar las ideas desordenadas de su mente, trató de analizar lo sucedido aquella tarde.
Aquel día, el profesor llegó tarde a su clase. Durante cinco minutos que parecieron una hora, intentó disculparse alegando que se había entretenido en su clase anterior. Pero lo cierto era que Ruth y Carlos le habían visto antes de la hota bajando las escaleras con un hombre al que no habían visto nunca.
El hombre que acompañaba al profesor era algo llamativo. Parecía querer camuflarse en un traje demasiado negro como para pasar desaperdibido. Lo que más llamaba la atención eran sus ojos. Ruth no se había fijado porque estaba demasiado ocupada contandole a Carlos sus problemas, pero él lo vio enseguida: sus ojos eran incluso más negros que el traje que llevaba; no se diferenciaba la pupila del iris.
En aquel momento no dio importancia al "hombre de negro" ni al hecho de que pareciera que mantenía una conversación muy importante con el profesor. Ahora empezó a pensar si tendría algo que ver... o si se estaba volviendo loco.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)