domingo, 30 de noviembre de 2008

[Sin nombre]

Blancuzco quizás. O puede que amarillento. Tampoco. Era del color de la leche agria. Igual de repugnante. Parecía tener la textura de la mozzarella en una pizza demasiado caliente. Y era tan viscoso como un pegote de crudo en una playa pedregosa. Pero lo peor de todo era que no podías dejar de mirarlo. Como un faro luminoso del mal gusto.

El anciano maestro carraspeó y pasó a la siguiente diapositiva. Tras unos segundos de pausa, retomó su monótono discurso. La mancha blanquecina en la comisura de los labios comenzó con su hipnotizante danza nauseabunda.

Ruth bajó la vista a su hoja y copió algunas frases sueltas que parecían importantes. Quien sabe, quizás se enteraría de algo, y con suerte, lograría aprobar en un par de meses. Todo es posible en una clase donde hasta el aburrimiento agoniza en los rincones.

El aire no se movía. Un sofocante calor se enroscaba a los alumnos como una anaconda hambrienta. El dorso de la mano del profesor se humedeció al pasárselo por la frente.

- Creo que ...- tomó aire jadeando,- hace mucho calor.

Se acercó con pasos inseguros a la ventana. la abrió con fuerza, golpeando el armario cercano, desplazándolo unos centímetros.
- Como iba diciendo...

No terminó la frase. O quizás no la escucharon acabar. Tomando impulso con las dos manos, y con una agilidad desconocida en un cuerpo de esa edad, se arrojó al vacío.